Y ella guardó su
silencio, lo guardó en una de esas cajas azules de galletas holandesas. Lo
guardó ahí, y junto al silencio guardó también retales de su verdad y trozos de
historia que solo ella sabía que había vivido. Todavía quedaba espacio para
guardar lo que otros le habían contado y
un poquito de las cosas que había deducido observando la vida. Guardó todo en
esa caja azul.
Se sentó en el borde de la cama desecha y se calzó con
lentitud sus zapatos viejos. Se paró un momento a suspirar y miró con el rostro
serio a la caja. Su mirada se perdía en los rincones más inhóspitos de su alma.
Sus ojos recorrían la caja de metal, pero
solo veía sus propios pensamientos, que agotados, se perdían en el infinito.
El ruido de la
calle le devolvió a su habitación. Cogió la caja y la sostuvo bajo el brazo. Empezó a andar hasta
llegar a su lugar.
Subió por las
rocas que los líquenes teñían de amarillo y la humedad pintaba con tonos verdosos.
Se sentó allí en un recoveco resguardado del viento, mirando a su playa, en
soledad.
La caja azul estaba sobre piernas y sus manos, a cada lado, la
acariciaban con mimo. No se atrevía a abrirla, antes debía prepararse.Y fue entonces
cuando sus palabras, en voz alta, retaron al mar:
Ayer, después de
mucho tiempo, volví a recordar lo que se sentía al mirarte, pero esta vez no
fue un recuerdo… Estabas frente a mí, mirando al infinito con esa expresión que
refleja tus momentos de valor, de preocupación, de soñador nato... Pensé en
besarte, pero en esta ocasión, el tira y afloja que siempre mantienen mi cabeza
y me corazón se decantó del lado más frío…
Entonces dejé
volar mi imaginación, y pude comprobar cómo me acercaba...., te acariciaba la mejilla
con la nariz y te rozaba con mis dedos, y te besaba dulce y apasionada con uno
de esos besos que te hacen ruborizar, de esos que me hacían agachar la mirada y
sonrojarme cuando aún quedaba algo de inocencia dentro de mí…
Decidida a dejarme guiar por el que considero
el instinto privilegiado del ser humano, buscar el calor de la persona a la que
se ama, me lancé creyendo que todas las cartas estaban en juego… Y como el
osado pajarillo que abandona el nido demasiado joven… Clavaste la mirada en mis
ojos… Y caí… Dejando volar un momento incomparable, y quizás una oportunidad
irrepetible… No lo hice, no.
Voy a tener que
olvidarte, definitivamente, en un instante, para no volverme loca, de este
deseo que muerde y mi alma no contiene. Abriré las venas bañándolas con la sal
de las lágrimas que pujan por ocuparse de mi mal. Enredaré mi memoria en
mentiras, ocultándome a mi vista. No puedo continuar. Sin embargo, quizás de la
mano del tiempo, saldrá la luz que alumbrará ese camino, rocoso y enhiesto,
para liberarme totalmente de la tristeza que mata y seca. Rendida me pregunto ¿porque sigo sintiendo cuando no
quiero sentir? Miro al cielo reclamando.
Quiero soltar
vela, aminorando mi carga, surcando sobre esa nube de polvo, hasta alcanzar mi
alma que perdida entre la nada se ha quedado despistada.
Una mirada. Tan
solo una mirada ha bastado.....tan solo un instante, fugaz como un ''te
quiero'', impactante como un ''adiós''. Se cruzaron las miradas, ansiosas,
anhelantes, perdidas, cansadas y doloridas de tanto correr y nunca llegar. Un
sólo instante que lleva miles de te quieros sin respuesta, una resignación y una
esperanza tatuada en el corazón, quiso asomarse a la pupila de mis ojos, para
perderse en ti. Y escucho el susurro de una agonía, que cada día se pierde en
mi razón.
Quise ser
valiente y no llorar, quise ser de hierro y no sentir, quise perderme en el
tiempo, en el espacio…. quise solo vivir dejando a un lado el dolor, la culpa y
el deseo refugiándome en una mirada que ya ha dejado de existir.
Volverán a soplar
los templados aires del otoño y volverán a caer las hojas de los árboles,
incluso a nevar, se encontraron nuestros ojos y volvió el dolor a dormir sus
sentimientos para luego despertar...
Despertaran en
cada mirada
dormirán en cada
suspiro
vivirán en cada
recuerdo
y morirán en cada
adiós.
Entonces abrió su
lata azul de galletas donde guardaba todos sus silencios, sus verdades, sus
destierros y sus retales de luz… y dejó que se los llevará el viento en ese último adiós.
Eva Cradona